El
paraíso, de Remei Margarit
en La Vanguardia ( 10-06-2006)
Mi
infancia son recuerdos de un patio de Sevilla
y un huerto claro donde madura el limonero...
Estos
versos de Antonio Machado tienen la música de un paraíso
perdido, el de la infancia; tal vez no haya otro. Y precisamente porque
se ha perdido es por lo que se convierte en paraíso. No se trata
tan sólo del paso del tiempo, sino de que hubo un tiempo en que
parecía que todo estaba en ese huerto claro machadiano. Puertas
y ventanas abiertas por donde entraba la luz a raudales, toda la libertad
del mundo en las manos, aunque así no fuera, y la confianza en
la vida que transcurría. Todo ello, con el telón de fondo
de la protección de los padres, supuestamente infinita.
Se
puede objetar que muchos niños y niñas no han tenido esa
suerte, es cierto y es de lamentar, como también son de lamentar
las precarias condiciones de vida de muchos pueblos del planeta. Aun
así, la infancia sigue siendo el paraíso y ello tiene
que ver con la capacidad casi infinita del niño o niña
para jugar con esa vida que le llega a las manos, y también con
otra capacidad tan grande como la primera de olvido de los momentos
difíciles que inevitablemente también llegan.
A
eso ahora lo llaman resiliencia, la capacidad de resistencia a las adversidades
y el crecimiento creativo, incluso a pesar de ellas. La infancia es,
pues, el lugar donde parece posible alcanzarlo todo. El germen de vida
que el niño o niña lleva consigo abre las puertas a la
confianza de que las cosas irán bien por el solo hecho de vivirlas.
Es
justamente en la infancia cuando se estructuran los afectos más
importantes para la vida entera del individuo, la estructura que servirá
de base para todo el edificio que pueda construirse alrededor, el sentimiento
de libertad, el respeto a los demás, la admiración por
la belleza, la generosidad, la compasión. Después, al
dejar la infancia atrás y enfrentar la realidad con toda su crudeza,
aquella estructura edificada en la alegría de la infancia aguantará
los temporales que surjan con una fortaleza aprendida desde muy atrás,
tanto que ni se sabe cuándo, pero que anidó con fuerza
en la espontaneidad del niño.
Pero
hay algunos niños y niñas a quienes les roban la infancia
y el resultado es que tan sólo pueden regirse por el instinto
de supervivencia inmediato, de manera que más adelante no tendrán
recursos afectivos necesarios para afrontar la vida adulta de manera
positiva. No hay peor crueldad que el maltrato a los niños; porque
además del daño físico y psicológico que
se les inflige, se les mutila de alguna manera en su alegría
de vivir y pierden su paraíso para siempre. Hay que castigar
a quien maltrata a los niños de manera que nunca más pueda
acercarse a ninguno de ellos. Alguien dijo que la única patria
es la infancia. En esa frase anida una verdad como un templo de grande,
entendiendo la patria como el origen de la persona.
Y
si ello es cierto y me parece que lo es, no hay otras patrias que la
infancia de cada cual, nada más y nada menos.
Días
atrás, en el parque, estuve contemplando el juego de algunos
niños, los había de países y razas distintas, pero
el juego era el mismo para todos, todos jugaban y todos se alegraban
o peleaban por la misma pelota; todos se entendían en lo principal,
que era el juego.
Todos
estaban en su propia patria, la infancia. Pensé que cuando crecieran
y dejaran atrás aquel juego colectivo, se encontrarían
con mil obstáculos que intentarían separarlos por clases
sociales, religiones o costumbres ancestrales, y que, prometiéndoles
publicitariamente paraísos artificiales, les quitarían
su paraíso real. Aquel lugar donde su alegría se manifestaba
como una fuerza telúrica, tal vez el único paraíso.
R.
MARGARIT, psicóloga y escritora.
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